«Lost City 1.o», Daphne Unruh

LostCity
Lost City 1.0 reúne los ingredientes de la literatura juvenil. Hay fantasía, acción, aventura y un repertorio de personajes adolescentes muy actuales que rondan el mundo de los youtubers y de los gamers. Por supuesto, está el componente «chica atraída por chico misterioso» que endulza la aventura con un toque romántico.

Es la primera parte de la trilogía «Lost City». La segunda parte verá la luz en otoño de este año y la tercera está prevista para primavera de 2017.

Yuma está a punto de terminar el instituto y planea marcharse a Francia tras los exámenes para trabajar durante el verano. Además de disfrutar de su mayoría de edad, le permitirá alejarse un tiempo de los reproches de Rebecca, la pareja de su padre y de tener que cruzarse con su hermanastro Linus, con el que apenas media palabra y quien se pasa las noches pegado al ordenador jugando a videojuegos y viendo partidas en YouTube.

La desaparición de un famoso youtuber en un directo jugando a Lost City y la entrada en escena de Amon, el chico misterioso, quien parece tener entre manos ciertos asuntos sospechosos con Linus, arrastrarán a Yuma hacia el universo de Lost City, un mundo regido por otras reglas donde se verá obligada a convertirse en una auténtica gamer si lo que quiere es sobrevivir.

La novela cumple: es entretenida, de fácil lectura, engancha y tiene cierto componente de sorpresa. La idea de adentrarse en un universo paralelo no es nueva pero no está mal planteada, aunque a veces resulta un tanto predecible y creo que se le podría dar una vueltecilla más, ¿quizás lo haga en la segunda y tercera parte? Novela cortita y refrescante.

Su autora Daphne Unruh es alemana así que el libro está escrito en alemán. Muy recomendable como lectura fácil en lengua extranjera, pues el vocabulario y la narración son muy sencillas.

«This Census-Taker», China Miéville

thisCensusTaker

Oscuro, extraño, emotivo. Breve, anecdótico (no en el sentido de irrelevante). Eso es This Census-Taker. Es como observar por un pequeño agujero en el que la imagen nítida del centro aparece rodeada por unos márgenes borrosos. Esa es la sensación que he tenido al leer This Census-Taker.

La novela arranca con la escena de un niño corriendo ladera abajo, con el rostro transformado por el llanto y el horror, los brazos extendidos y las manos rojas, manchadas de sangre.

El narrador es ese niño anónimo que relata, años después, a base de recuerdos, cómo era su vida antes y después de la tragedia. La incertidumbre cobra protagonismo nada más empezar, cuando el niño trata de explicar lo que ha visto. ¿Qué ha pasado? ¿La madre mató al padre? ¿Fue el padre quien acabó con la madre? El personaje trata de entender lo que le rodea y con él vamos descubriendo su mundo, con todos los interrogantes que un niño de nueve años puede tener.

La soledad y el desamparo tiñen toda la novela. Con una narrativa compleja, llena de huecos e imprecisiones, nos adentramos en una atmósfera extraña, oscura y con un toque fantástico y sobrenatural. Sobre el entorno solo asoman impresiones, conjeturas. Sabemos que algo debió de pasar antes de todo eso porque las cosas ya no son como eran; que más allá de lo que se ve hay algo porque se oyen ruidos y animales. Sabemos que hay otras ciudades, otras gentes porque hay quien viene de allí. Que en la cumbre de la colina están las casas más pobres y que desde allí se ve la ciudad, abajo, conectada a sus faldas por un puente. Y sabemos que hay algo más, que tiene que haberlo, pero no lo conocemos porque no nos lo cuentan. Nos quedamos en los límites del misterio, de la sospecha, de lo que se esconde detrás del resalte, entre la niebla o al otro lado de la colina.

El estilo ayuda a crear esa atmósfera amarga y opresiva, aunque también consigue perfilar de forma clara, directa y escueta un momento, un carácter, una sensación. Da la impresión de que el autor se encuentra muy cómodo desde el principio, parece que relata a su antojo; cambia el tono, el ritmo, pasa de tercera a primera persona, se mueve sin problemas entre lo real y lo rayano en lo fantástico, y los mezcla como si compartieran el mismo plano. De nuevo en esta novela, China vuelve a dejarnos un enorme espacio a la imaginación, abre brechas que seguramente no rellenará, o sí… y que, en cualquier caso, exigirá un lector activo y abierto. La verdad es que me lo imagino diciendo: «si sé más no tengo por qué contártelo, y tampoco tengo por qué saberlo todo».

Es la segunda novela que leo de China Miéville. La primera fue Embassytown (impresionante). Si esperáis algo parecido, olvidadlo: no tiene nada que ver. Aún así, la recomiendo. Ya diréis qué os ha parecido si os ponéis con ello. Que yo sepa no ha salido la traducción y tampoco sé si la habrá en un futuro aunque ando un tanto desconectada, la verdad. ¡Si alguien lo sabe que lo diga!

«La chica mecánica», Paolo Bacigalupi

LaChicaMecánica

Autor: Paolo Bacigalupi
Traducción: Manuel de los Reyes
Ilustración: Raphael Lacoste
Editorial: Random House Mondadori, Plaza & Janés
Barcelona, Junio 2011
Título original: The Windup Girl

La historia se sitúa en Tailandia, en un futuro poco apacible y no tan descabellado –visto los tiempos que corren. El cambio climático y el abuso continuado de la biotecnología como recurso para las explotaciones agrícolas generan un desequilibrio que desemboca en constantes amenazas biológicas, epidemias y en una merma de recursos que recortan las posibilidades de los habitantes. El poder, concentrado en pocas manos, lucha por satisfacer sus intereses e imponerse al resto. Todo, en un mundo donde el trapicheo y el soborno están a la orden del día y suponen para muchos una forma de subsistencia y para otros, una forma de obtener poder.

Tres motivos me llevaron a la lectura de esta novela: el título, muy sugerente; leer algo de Paolo Bacigalupi, ganador de varios premios y nominado en numerosas ocasiones; y la traducción a cargo de Manuel de los Reyes.

Y tres motivos me han llevado a querer abandonarla: el título, algunos aspectos de las descripciones y el ritmo de la novela. No obstante la terminé y no me arrepiento.

Uno de los peros es el título. Me esperaba que la chica mecánica fuera el motor de la novela, pero no es así, hay que leer muchas páginas hasta que llega a tener un papel en la historia. Más que en una chica mecánica, el protagonismo está en varios personajes que se reparten la relevancia casi a partes iguales. La chica mecánica… bueno, pues es un buen título para una novela, pero en este caso no deja de ser un mero catalizador, nada más. Aún así, el autor se esmera en presentárnosla, al igual que al resto de los personajes, hecho que podría compensar ese «pero». El autor dedica numerosas líneas a hacer que los conozcamos bien. Se remonta una y otra vez a su pasado para presentarnos sus miedos, inquietudes y aspiraciones. Nos sitúa con todo detalle en su contexto, lo que hace que sean más creíbles y que la historia se trabe mejor.

Sin embargo, la novela avanza despacio. El entorno asfixiante, injusto y hediondo es el escenario de una trama que se presenta de forma un tanto deslavazada. Se suceden las acciones de los personajes y a veces da la sensación de que son historias aisladas, de que no acaban de cuajar unas con otras y de que la trama discurre a trompicones. A la historia le cuesta arrancar, pero una vez pasado el planteamiento –que se extiende prácticamente más allá del centro de la novela– la historia va cogiendo ritmo, se va acelerando paulatinamente hasta ser casi frenético al final. Así que no es de extrañar que a uno le entren ganas de abandonarla durante buena parte de la lectura.

Pero si algo te invita a continuar línea tras línea, es la construcción del entorno. El autor se esfuerza en crear el escenario con gran detalle –no sin los huecos propios del género– y logra sumergir al lector en su universo. Consigue transportarle a esa atmósfera opresiva de callejones estrechos, de fogones y vapores, de lámparas de gas, de un miedo constante, tan persistente y pegajoso como el calor que lo impregna todo. Sí, lo consigue, pero también es verdad que a veces resulta excesivo y redundante; y otro aspecto que se le podría reprochar es el uso (abuso) de las expresiones en tailandés. Más que aportar, confunden, te sacan de la novela y hasta llegan a ser molestas.

En mi opinión creo que el autor se ha centrado tanto en crear la atmósfera y en dibujar a los personajes que parece que la trama ha quedado relegada a un segundo plano. Aunque no engancha desde el principio, sí hay que decir que la lectura es muy agradable y enriquecedora. Sin haber visto el original, la traducción al menos está llena de color y consigue que la lectura sea un disfrute. Posiblemente, con una traducción menos brillante la novela se habría echado a perder, ya que la parte descriptiva tiene una carga casi mayor que la acción y la trama. Si se tiene en cuenta que el personaje que da título a la novela no es tan relevante, uno ya está del todo preparado para dejarse llevar por las callejuelas y los entresijos de la historia.

Por cierto, en junio sale la traducción de lo último de Paolo Bacigalupi, Cuchillo de agua, traducida también por Manuel de los Reyes y saldrá publicada en Fantascy.

Traducir con software libre: OmegaT

Supongo que a estas alturas, muchos traductores conocerán OmegaT, por lo menos de oídas. Sea o no así, recomiendo dedicarle un tiempo a esta herramienta TAO, indagar, probar, trastear y utilizarla. Hace tiempo que trabajo con ella y de momento, sus funcionalidades han cubierto todas mis necesidades. Cuando te acostumbras, como todo, se trabaja cómodamente, no se cuelga, no suceden cosas extrañas y no te falla. Y por si fuera poco, no es software privativo.

En la web de OmegaT, encontraréis los enlaces para descargar el programa e información sobre el proyecto, capturas de pantalla o cómo podéis contribuir, entre otras cosas.

Así que, además de romper una lanza a favor del software libre, voy a explicar la dinámica de trabajo de OmegaT, para que, quienes empiecen, tenga una primera orientación y les resulte más fácil ponerse al lío. Vamos, que no es un tutorial, ya que, una vez descargas el programa, dispones de un manual de usuario clicando en «Ayuda».

Escribo esta entrada a raíz del webinario de Asetrad sobre OmegaT que impartió Jose Luis Díez Lerma hace unos días, muy recomendable este tipo de charlas para tener una visión general de OmegaT o como introducción.  

UNA LANZA A FAVOR DE OMEGAT Y DEL SOFTWARE LIBRE

Para resumir brevemente qué es el software libre, decir que un tal señor Stallman fue el creador del concepto y bajo este establecía cuatro libertades que son la base de la definición del software libre: la libertad de utilizar el programa, de estudiarlo para ver cómo funciona y modificarlo para adaptarlo a las necesidades que se tenga, la libertad de distribuirlo a otros usuarios y por último, la libertad de mejorarlo en beneficio de la comunidad.

El software libre, por tanto, alimenta y se alimenta de la comunidad. Es decir, es un todos ponen. El resultado es un proyecto en el que una persona o un grupo de personas más o menos grande ha contribuido o bien programando, aportando ideas, colaborando económicamente o de alguna otra manera para que una idea, que consideran buena, se ejecute, crezca, mejore, o simplemente se utilice y se ponga a disposición de más personas. Se contribuye al conocimiento y es accesible para el que quiera acercarse a él. Por si eso fuera poco.

A veces es gratuito (OmegaT lo es). No es necesario explicar esta ventaja. Y cuando no lo es, el software es de código abierto, o sea, cumple las cuatro libertades que mencionaba arriba.

OmegaT es un proyecto de software libre y porque hay muchas mentes y manos detrás, es una herramienta que funciona francamente bien, está muy testeada y es muy estable (no te deja tirado cuando menos te lo esperas). No hace todo lo que hacen algunos de los titanes que hay en el mercado, pero, para mí, ofrece lo necesario: coincidencias parciales, propagación de coincidencias, procesado simultáneo de proyectos con archivos múltiples, uso simultáneo de múltiples memorias de traducción, glosarios externos, creación de glosarios, uso de diccionarios, integración de traductores automáticos para el que los quiera, es compatible con otras aplicaciones de memoria de traducción (TMX), acepta muchos formatos de archivo… Y, además, es multiplataforma, es decir, se puede instalar en Linux, Mac o Windows. Que dicho sea de paso, al loro con que solo se pueda instalar algo en Windows.

Responde al concepto, a mi entender, de compartir para crecer. Y en un mundo en el que todo tiene un precio, que el conocimiento sea libre tiene un valor incalculable.

En la web de OmegaT, encontraréis los enlaces para descargar el programa e información sobre el proyecto, capturas de pantalla o cómo podéis contribuir, entre otras cosas.

DINÁMICA DE FUNCIONAMIENTO DE OMEGAT

OmegaT funciona creando carpetas. Es decir, cuando creas un proyecto, OmegaT creará una carpeta con el nombre del proyecto. Dentro de esa carpeta hay subcarpetas que contienen todo el trabajo: texto origen y texto meta, memorias, glosarios, etc. ¿Dónde se guarda el proyecto? Pues donde tú le digas.

Creamos un proyecto nuevo:

Imagen1

Le damos un nombre, en este caso «NameTheProject», y le decimos dónde lo queremos guardar (aquí lo guardo en «Documentos»):

Imagen2

Clicamos en OK o equivalente.

Nos sale esta ventanita donde indicamos idioma origen y meta y ubicación de las carpetas, que por defecto serán todas en la carpeta raíz del proyecto (que lleva el nombre del proyecto). Si trabajamos con otros traductores podemos cambiar la ubicación de las carpetas que nos interesen en ubicaciones compartidas.

Imagen3

Y como decía, OmegaT organiza los proyectos en carpetas con la siguiente jerarquía. En vuestro gestor de archivos, Finder o lo que tengáis os aparecerá el proyecto ordenado así:

Imagen4

Con estas carpetas podéis gestionar vuestras cosillas. El sistema es básicamente copiar lo que queráis en las carpetas del proyecto. Por ejemplo:

Carpeta «source»: aquí van los archivos que hay que traducir. Copiáis los archivos que os ha enviado el cliente y los pegáis en esta carpeta. Cuando abráis el proyecto en OmegaT podréis seleccionar el texto con el que queréis empezar a trabajar. También podéis añadirlos desde OmegaT.

Carpeta «target»: una vez hayáis terminado de traducir, tenéis que crear los documentos traducidos (clicáis en archivo>crear documentos traducidos) y el programa los guarda en esta carpeta.

Carpeta «glossary»: aquí podéis añadir los glosarios que tengáis*. También se va generando un archivo .txt con las entradas que vayáis creando durante la traducción, archivo que OmegaT guarda en esta carpeta.

*Para que OmegaT entienda vuestro glosario, tiene que editarse en texto plano y separar el término origen del meta con tabulación. Es decir, las entradas del glosario del .txt serán así (ponemos la palabra «chapter» como ejemplo): chapter(tab)capítulo

Podéis añadir otra columna y esta tercera aparecerá a modo de comentario: chapter(tab)capítulo(tab)allá vamos

En un editor de texto plano quedaría algo así:

imagen5

Y en OmegaT, habiendo guardado el archivo .txt en la carpeta «glossary», leerá el archivo y mostrará los términos que tenga en el glosario y que aparezcan en el segmento en el que nos encontremos (en este caso en el primero). El resultado es este:

Imagen6

Carpeta «tm»: aquí podéis incorporar las memorias de traducción que tengáis en formato TMX (copiar y pegar en la carpeta). La memoria de traducción que se vaya generando se guarda en la carpeta raíz en formato TMX.

Carpeta «omegat»: en esta el bichito guarda sus cosas, back-ups, las estadísticas del proyecto y demás. 

Carpeta «dictionary»: francamente, nunca he incorporado ningún diccionario… si alguna vez lo hago, añadiré algo sobre ello.

Esto es el arranque, para continuar, nada como leerse las instrucciones, aunque sabemos que hay dos clases de personas, las que se leen las instrucciones y las que no. Ya, cada uno que decida.

Sensaciones sobre «Embassytown»

portadaEmbassytownPrimera novela que leo de China Miéville y definitivamente no será la última —ya está a la venta, por cierto, su último trabajo This Census-Taker—.

La novela me ha parecido espectacular, brutal y 100% recomendable. El tipo desborda imaginación y activa todas tus neuronas creando una atmósfera que, sin profundizar en los detalles, aunque hay mucha descripción, deja un espacio inmenso para que construyamos nuestro universo. Este es uno de los aspectos que más me ha emocionado de la novela. Ese sin cesar de pinceladas que crean, construyen y abren una campo ilimitado que permite al lector rellenar y colorear a su antojo con los referentes que pueda tener. Creatividad en estado puro.

La estructura de la novela también me ha parecido brillante. Primero te inmersa con un Proema y al igual que les sucede a quienes surcan al ínmer, uno se agita, se marea y encuentra el desasosiego y la excitación propias de quien se encuentra, cara a cara, frente a lo desconocido.

Después, va intercalando episodios que divide en «Anteriormente» y «Actualidad». En los primeros expone y describe paulatinamente el pre-texto, los escenarios, presenta los actantes; en los segundos se desarrolla y avanza la trama. Presente y pasado avanzan de la mano para convergir en el desenlace de los acontecimientos que sacuden Arieka. La trama se va alimentando al tiempo que el contexto va cobrando forma; la narración se perfila a través de la idiosincrasia de los personajes, de los seres y de los espacios. Y es que, sin sostener una acción trepidante a lo largo de la novela (que también la hay), esta reside en la naturaleza misma de los personajes: entendiéndolos y construyéndolos se forma el hilo narrativo y la acción de la novela. Sutil, pausado e inteligente. No tiene prisa en que el lector comprenda. Como los Ariekei, el lector descubre un mundo nuevo a través del lenguaje, formándose así, un universo de posibilidades.

La cuestión del lenguaje, germen del hilo narrativo y núcleo central de la trama, es otro de los aspectos que más me ha gustado. Aunque las divagaciones lingüísticas pueden resultar en algún punto un tanto hardcore, sostienen la trama. El lenguaje como vehículo complejo entre los seres y entre estos y su entorno: a través del lenguaje se construye la realidad, nos construimos a nosotros mismos, y es, precisamente, a través de su última expresión, la comunicación, donde se construye la convivencia y —en definitiva—, las sociedades.

Es una novela muy inteligente, extremadamente creativa y a la altura de grandes del género como Philip K. Dick. Esta novela aporta a la literatura y sobre todo aporta al género. Sin duda, Miéville se ha convertido para mí, en el autor que ha conseguido dar un paso hacia delante en el género de la ciencia ficción, le aporta frescura y lo hace crecer para situarlo donde se merece. Simplemente genial, una obra maestra de obligada lectura para los amantes del género.

La novela ha sido traducida por Gemma Rovira y publicada en Fantascy.

Sunflower Sutra, Berkeley, 1955

Ya que estoy con euforia lectora, os dejo una joya de Allen Ginsberg, poeta de la Generación Beat y padre del movimiento hippie.

Primero recitado en inglés y abajo la traducción (que no recuerdo de quién es y lamentablemente, ya no tengo el libro).

Al final hago una pequeña reflexión sobre el poema.

Os dejo el texto en castellano:

Caminé por las orillas del muelle de latas y bananas
y me senté bajo la inmensa sombra de una locomotora
de la Southern Pacific para observar el ocaso sobre las
colinas de casas como cajas de zapatos y llorar.

Jack Kerouac estaba sentado junto a mí sobre un poste de hierro,
roto y herrumbroso, compañero, pensábamos los mismos
pensamientos del alma, desolados y sombríos y con la mirada triste,
rodeados por las nudosas raíces de acero de árboles de maquinaria.

La aceitosa agua del río reflejaba el cielo enrojecido,
el sol se hundió sobre los picos finales de Frisco,
no hay peces en ese arroyo, no hay ermitaño en esos montes,
tan sólo nosotros mismos con ojos legañosos
y resaca como viejos vagabundos en la ribera del río,
cansados y taimados.

Fíjate en el Girasol, dijo él, había una sombra gris y muerta
recortándose contra el cielo, grande como un hombre,
erguida seca en lo alto de una montaña de viejísimo serrín —

Subí encantado atropelladamente — era mi primer girasol,
recuerdos de Blake — mis visiones — Harlem

e Infiernos de los ríos del Este, puentes campaneantes Grasientos
Sandwiches de Joe, difuntos coches de niño,
ruedas negras y sin dibujo olvidadas y sin recauchutar,
el poema de la ribera, condones & cacerolas, cuchillos de acero,
nada inoxidable, sólo el hediondo cieno y los artefactos
afilados como cuchillas en tránsito hacia el pasado —

y el Girasol gris apostado contra el ocaso, resquebrajable desolado y
polvoriento con el tizne y la contaminación y el
humo de antiguas locomotoras en su ojo —

corola de indistintas púas dobladas y rotas como una corona machacada,
las semillas caídas de su faz, boca que prontamente
estará desdentada de soleado aire, rayos de
sol obliterados sobre su peluda cabeza como una reseca
tela de araña de alambre,

hojas extendidas como brazos saliendo del tallo, gesticulaciones de la
raíz de serrín, trozos rotos de yeso caídos de las negras ramitas,
una mosca muerta en su oreja,

Qué cosa impía y machacada eras, mi Girasol. ¡Oh mi alma,
te amé entonces!

La mugre no era mugre de hombre alguno sino muerte y
humanas locomotoras,

todo aquel traje de polvo, aquel velo de oscurecida piel de vía férrea,
aquella polución de la mejilla, aquel párpado de negra miseria,
aquella enhollinada mano o falo o protuberancia de algo artificial
peor que la mugre — industrial — moderno—
toda aquella civilización moteando tu delirante áurea corona —

y aquellos desolados pensamientos de muerte y polvorientos ojos sin
amor y extremos y raíces resecas debajo, en el amontonamiento-hogar
de arena y serrín, billetes de a dólar de goma,
pellejas de maquinaria, las tripas y entrañas del
sollozante y doliente automóvil, las vacías y solitarias latas
con sus oxidadas lenguas ¡ay!, qué más podría yo citar, las
ahumadas cenizas de algún cigarro pene, los coños de las
carretillas y los lechosos pechos de los automóviles, culos
desgastados de sillas & esfínteres de dinamos — todos
éstos enredados entre tus momificadas raíces — ¡y tú ahí
erguido ante mí en la puesta del sol, toda tu gloria en tu forma!

¡Una perfecta muestra de belleza de girasol! ¡una perfecta excelente
adorable existencia de girasol! ¡un dulce ojo natural para la nueva luna
enrollada despertó vivo y excitado aferrando en las sombras
del ocaso la mensual brisa dorada del amanecer!

¿Cuántas moscas zumbaron a tu alrededor inocentes de tu mugre,
mientras maldecías a los cielos del ferrocarril y de tu alma de flor?

¿Pobre flor muerta? ¿cuándo olvidaste que eras una flor?
¿cuándo miraste tu piel y decidiste que eras una sucia
y vieja locomotora impotente? ¿el fantasma de una locomotora?
¿el espectro y la sombra de una otrora poderosa y
demente locomotora americana?

Jamás fuiste una locomotora, Girasol, ¡fuiste un girasol!

Y tú locomotora, tú eres una locomotora, ¡no olvides lo que te digo!

De modo que arranqué el girasol delgado como un esqueleto
y lo sujeté a mi costado como un cetro,
y entono mi sermón frente a mi alma, y también frente a la de Jack,
y de la de quienquiera que desee oírlo,

No somos nuestra piel mugrienta, no somos nuestra desolada terrible
polvorienta locomotora sin imagen, todos somos
hermosísimos girasoles dorados en nuestro interior,
estamos benditos por nuestra propia semilla & nuestros
dorados y peludos desnudos cuerpos de logro que crecen
para transformarnos en dementes girasoles formales en el ocaso,
espiados por nuestros ojos bajo la sombra de la loca locomotora
ocaso de ribera en Frisco visión colínica de latas al anochecer sentados.

En noviembre de 1952, The New York Times publicó un artículo cuyo título fue «La Generación Beat». Representó el bautismo oficial de un grupo de escritores beat, palabra que define a quienes decidieron vivir renunciando a las normas sociales y a los patrones tradicionales. Un grupo cuyo motor era el deseo de experimentar con la vida, las drogas y el sexo frente a las pautas establecidas, frente a la nueva sociedad de consumo, en un contexto en el que los Estados Unidos se erigían como potencia mundial a nivel político, militar, económico y cultural. La Generación Beat decidió vivir en el límite de lo convencional convirtiéndose en marginados sociales.

Sunflower Sutra forma parte de una colección de poemas de Allen Ginsberg publicados en 1956 bajo el título del primer poema de la colección, Howl, que bien podría representar el auténtico himno de la Generación Beat.

Ginsberg, a diferencia de otros escritores beat, que no respondían a ningún compromiso social, utiliza su poesía como instrumento. Sus poemas, repletos de obscenidad, con duras críticas a la política, al militarismo, poemas en los que exalta la sexualidad, el consumo de drogas y lanza críticas a una religión opresiva e hipócrita, tratan de romper tabúes, de agitar las mentes de una sociedad alienada y políticamente correcta, cegada por el estilo de vida americano. Intenta liberar las mentes del consumismo, la opresión y las reglas convencionales.

En Sunflower Sutra, Ginsberg reivindica la naturaleza como vehículo de liberación frente a una sociedad que ha perdido el alma entre el artificio moderno. Presenta una naturaleza siempre intrincada y atrapada en las estructuras artificiales de la modernidad. El pulso silencioso de la naturaleza late todavía en un esfuerzo por sobrevivir y encontrar su espacio entre las estructuras grises y herrumbrosas. Así, Ginsberg nos describe su visión representada en ese girasol que se abre camino a través de las olvidadas grietas de la industria. Este girasol, profundamente enraizado en una montaña de viejo serrín, nutrido con los restos abandonados de la industria, que se funde con la penumbra industrial, cubierto en polvo gris.

Ginsberg lo contempla con tristeza, es la encarnación del sentimiento, de la vida y de una libertad que se va marchitando lentamente. Nuestro girasol, como nosotros mismos, cubiertos por el polvo de la modernidad, se ha olvidado de su propia esencia, de su condición de «ser natural». ¿En qué se ha convertido el hombre occidental? ¿Acaso el humo de la industria nos ha robado el alma? ¿Dónde está nuestra áurea corona? ¿Somos naturaleza?

Al final del poema, Ginsberg arranca el girasol —el renacer de la naturaleza a través de la muerte—, lo alza a modo de cetro y entona su sermón, un grito de liberación hacia la naturaleza, a la esencia de la humanidad, a la libertad, libres de la represión industrial que inmoviliza el espíritu del hombre con su polución. Somos hijos de la tierra, somos naturaleza y la naturaleza es esperanza.